Un rey nuevo para un reino cansado
Cuando Carlos de Habsburgo llegó por primera vez a Castilla en septiembre de 1517, no lo hizo como un conquistador ni como un reformador, sino como un heredero que desconocía el reino que iba a gobernar. Tenía apenas diecisiete años, hablaba poco castellano y venía rodeado de consejeros flamencos.
Para muchos castellanos, aquella llegada no trajo certidumbre, sino desconfianza.
Un rey ausente que llega… pero no del todo
Durante años, Castilla había vivido sin un rey presente. La muerte de Fernando el Católico y la regencia de Cisneros habían mantenido el orden, pero también habían acumulado frustraciones.
La llegada de Carlos se percibía como una oportunidad para cerrar esa etapa provisional. Sin embargo, pronto quedó claro que el nuevo rey no conocía las dinámicas del reino ni parecía dispuesto a gobernar conforme a ellas.
Castilla esperaba liderazgo. Recibió distancia.
Los consejeros flamencos y el problema de la confianza
Uno de los primeros motivos de malestar fue el protagonismo de los consejeros extranjeros que acompañaban al rey. Cargos, rentas y decisiones importantes pasaron a manos de personas ajenas al reino, lo que alimentó la sensación de que Castilla estaba siendo administrada desde fuera.
No se trataba solo de una cuestión de origen, sino de percepción política: los castellanos veían cómo el poder se alejaba, mientras las cargas económicas permanecían.
Fiscalidad y desgaste urbano
El reinado de Carlos comenzó con una fuerte demanda de recursos. Castilla era el principal sostén financiero de la monarquía y debía financiar tanto la política interior como las aspiraciones imperiales del joven rey.
Las ciudades, ya presionadas fiscalmente, comenzaron a mostrar un descontento abierto. La sensación de dar mucho y decidir poco se extendió con rapidez.
Este malestar no fue inmediato ni uniforme, pero sí progresivo.
Cortes, promesas y decepción
En las Cortes convocadas en estos primeros años, Carlos intentó obtener el reconocimiento y los recursos necesarios para gobernar. A cambio, ofreció promesas de respeto a las leyes y tradiciones del reino.
Sin embargo, muchas de esas promesas se percibieron como formales más que reales. El distanciamiento entre el rey y las ciudades se hizo evidente.
Castilla empezaba a sentirse poco escuchada.
La frontera sigue ahí
Mientras el centro del reino acumulaba tensiones, la frontera del Ebro no dejaba de ser un punto sensible. La situación en Navarra seguía sin resolverse definitivamente y la amenaza francesa permanecía latente.
Para ciudades como Logroño, la sensación era doble: por un lado, soportaban las exigencias de la frontera; por otro, veían cómo el poder central se mostraba lejano e inestable.
La inseguridad política se sumaba a la inseguridad territorial.
El caldo de cultivo de la rebelión
Entre 1517 y 1518 no estalló aún la revuelta, pero el terreno quedó preparado. Desconfianza hacia el rey, presión fiscal, distancia política y sensación de agravio formaron un caldo de cultivo perfecto.
Cuando la chispa llegara, el incendio sería difícil de contener.
La llegada de Carlos I no trajo la estabilidad esperada. Al contrario, abrió una nueva fase de tensiones que acabarían estallando en 1520. Y cuando eso ocurriera, la frontera del Ebro volvería a estar en el lugar equivocado.










