Cada mes de noviembre, la Asociación Histórico Cultural Guardias de Santiago revive en Logroño la memoria de un episodio que marcó profundamente la historia de la ciudad: el Auto de Fe de 1610, en el que fueron condenadas once personas acusadas de brujería, la mayoría procedentes de Zugarramurdi y los valles navarros.
Pero antes de hablar del Auto de Fe y de su repercusión, merece la pena detenerse en una pregunta esencial: ¿por qué las brujas?
En el siglo XVII, Europa vivía sumida en un clima de superstición, miedos y tensiones sociales. En comunidades rurales, donde la vida dependía de las cosechas, de la salud del ganado y de la supervivencia diaria, era fácil buscar culpables cuando llegaba la desgracia. Las “sorginas”, mujeres conocedoras de hierbas y remedios, guardianas de un saber transmitido de generación en generación, se convirtieron en el blanco perfecto: eran diferentes, tenían conocimientos que la mayoría no comprendía y, a ojos de los más recelosos, practicaban artes que rozaban la brujería. Cualquier problema —malas cosechas, enfermedades del ganado o epidemias— se atribuía a su supuesta maleficencia, alimentando el temor colectivo y justificando la persecución.
Así, la figura de la bruja nació de la mezcla de tradición popular y persecución institucional. Lo que para las comunidades vascas era cultura ancestral, para la Inquisición era herejía.
En Logroño, las brujas de Zugarramurdi pasaron a la historia no solo por el castigo que sufrieron, sino también porque aquel proceso marcó un punto de inflexión. Tras las investigaciones del inquisidor Alonso de Salazar y Frías, conocido como el “abogado de las brujas”, la Inquisición española frenó las grandes persecuciones, reconociendo que gran parte de aquellas acusaciones se basaban más en el miedo y la sugestión que en la realidad.
Cada año, cuando la Asociación Guardias de Santiago organiza sus actos conmemorativos, no se trata de recrear un espectáculo de terror, sino de invitar a la reflexión: las brujas no fueron seres fantásticos ni malvados, sino mujeres reales, vecinas de carne y hueso, víctimas de la intolerancia y el fanatismo.
Recordarlas es una forma de rendir homenaje a quienes sufrieron la persecución, pero también de aprender de la historia para que nunca más se repitan episodios de miedo colectivo y violencia disfrazados de justicia.










