Una época de certezas frágiles
A comienzos del siglo XVII, el mundo estaba cambiando. La Reforma protestante había sacudido los cimientos de la Iglesia católica, y las guerras de religión habían dividido Europa. España, orgullosa defensora de la ortodoxia católica, veía en cualquier desviación de la fe una amenaza a su estabilidad.
En ese contexto nació y se consolidó la Inquisición española, una institución que se consideraba a sí misma defensora de la verdad, pero que terminó convirtiéndose en una herramienta de control social y político.
Su poder alcanzaba todos los rincones del reino. Nadie escapaba a su vigilancia: ni campesinos, ni nobles, ni religiosos. Las palabras, los gestos o incluso los silencios podían ser interpretados como signos de herejía. Lo que comenzó como un tribunal religioso acabó siendo una red de control moral sobre toda la sociedad.
Un espejo de su tiempo
La Inquisición no fue un fenómeno aislado ni exclusivamente español. En toda Europa, las instituciones religiosas se enfrentaban al miedo al cambio. Los avances científicos, los nuevos pensamientos filosóficos y las transformaciones sociales desafiaban los dogmas tradicionales.
Sin embargo, en España, donde la fe católica estaba estrechamente ligada a la identidad nacional, la Inquisición adquirió un poder excepcional. Era, al mismo tiempo, una autoridad espiritual y un instrumento político que servía tanto al Papa como a la Corona.
El resultado fue una sociedad donde la fe se vivía con intensidad, pero también con temor. El deseo de agradar a Dios convivía con el miedo a ser acusado.
En este ambiente, los rumores se transformaban en denuncias, y la sospecha se convertía en una poderosa arma.
La caza de brujas y el miedo a lo invisible
El caso de Zugarramurdi y Logroño no puede entenderse sin ese clima de inseguridad espiritual. Los procesos por brujería no nacieron de la maldad individual de los inquisidores, sino del miedo colectivo que impregnaba a toda la sociedad.
Las pestes, las sequías y los fracasos de las cosechas parecían castigos divinos, y muchos buscaban culpables entre quienes se salían de la norma: mujeres solas, curanderas, personas que vivían al margen o practicaban antiguas tradiciones paganas.
La Inquisición recogió y amplificó esos temores. Lo que empezó con denuncias locales acabó convirtiéndose en un gran proceso inquisitorial que alcanzó su punto culminante en el Auto de Fe de Logroño de 1610.
En él fueron procesadas 53 personas, acusadas de brujería y hechicería. De ellas, once fueron condenadas a la hoguera.
El espectáculo del Auto de Fe fue, a los ojos de la época, un acto de purificación pública. Para nosotros, hoy, es una lección sobre cómo el miedo puede disfrazarse de fe.
La figura que cambió la historia: Alonso de Salazar y Frías
Entre los tres inquisidores que presidieron aquel proceso —Alonso Becerra Holguín, Juan de Valle Alvarado y Alonso de Salazar y Frías—, este último se destacó por su sensatez y humanidad.
Después de los juicios, Salazar dudó. No encontró pruebas sólidas de brujería. Decidió entonces recorrer los pueblos navarros, hablar con testigos y analizar las confesiones.
Su informe fue revolucionario: concluyó que no existían evidencias reales de pactos con el diablo ni de vuelos mágicos, y que muchas confesiones habían sido fruto del miedo, la tortura o la sugestión colectiva.
Aquella postura valiente cambió el rumbo de la Inquisición española. Desde entonces, las grandes cazas de brujas se detuvieron en gran parte del territorio, y España, paradójicamente, se convirtió en uno de los primeros países europeos en poner fin a esos procesos.
Por ello, Salazar es recordado como “el abogado de las brujas”, símbolo de la razón y la compasión en tiempos de fanatismo.
La lección que permanece
El Auto de Fe de Logroño no solo nos habla de brujas y hogueras. Nos habla de cómo una sociedad entera puede llegar a confundir la fe con el miedo, la justicia con el castigo y la verdad con la obediencia.
Nos recuerda que la historia no es una reliquia del pasado, sino un espejo que nos obliga a mirarnos hoy, cuando los bulos, los prejuicios o el señalamiento colectivo siguen presentes con otros nombres y formas.
Cada noviembre, la Asociación Histórico Cultural Guardias de Santiago revive estos hechos no para reabrir heridas, sino para mantener viva la memoria y rescatar la lección más importante: que la ignorancia y el miedo solo se vencen con conocimiento, empatía y verdad.










