Miedos, poder y fe: la sociedad que llevó al Auto de Fe de 1610

Guardias de Santiago

Asociación histórico cultural dedicada a la recreación y representación de los siglos XVI y XVII durante las fiestas de San Bernabé de Logroño en las que se conmemora el cerco a la ciudad de 1521 por tropas francesas y en las fiestas del Casco Antiguo en las que organiza la recreación del Auto de fe de 1610 en las que se juzgó a las famosas Brujas de Zugarramurdi

20/10/2025

Un mundo dominado por el miedo

A comienzos del siglo XVII, la vida en la península ibérica estaba marcada por la incertidumbre. Las guerras, las epidemias, las malas cosechas y la pobreza moldeaban una sociedad en la que el miedo era parte del día a día. Las gentes del norte, entre los valles de Navarra y La Rioja, vivían en pequeñas comunidades rurales donde los recursos eran escasos y la supervivencia dependía del clima, del ganado y de la cosecha.

En un entorno tan vulnerable, la superstición se convertía en una forma de explicar lo inexplicable: la enfermedad, la muerte de los animales o la pérdida de las cosechas podían tener una causa sobrenatural. Y cuando el miedo se mezclaba con la ignorancia, era fácil buscar culpables entre los vecinos.

La religión como refugio… y como control

En esta sociedad profundamente creyente, la Iglesia católica ocupaba un papel central. Marcaba los ritmos de la vida cotidiana, dictaba las normas morales y ofrecía consuelo ante las desgracias. Sin embargo, también se convirtió en el principal instrumento de vigilancia espiritual.

La Inquisición española, fundada en el siglo XV, se consolidó como una institución poderosa, capaz de intervenir en la vida civil, política y religiosa. Su objetivo oficial era preservar la ortodoxia de la fe, pero en la práctica también funcionaba como un sistema de control social.

Las autoridades religiosas desconfiaban de todo aquello que escapara a su doctrina: las curanderas, los sanadores, los herejes, los moriscos o los judíos conversos. Cualquier desviación de la norma podía interpretarse como un acto de rebeldía o una amenaza. En los pueblos pequeños, la delación y la sospecha se convirtieron en armas temibles.

Las mujeres sabias, el blanco perfecto

En este contexto, las llamadas sorginas —curanderas, parteras y mujeres sabias— fueron uno de los grupos más vulnerables. Su conocimiento de las plantas medicinales, su relación con la naturaleza y su autonomía económica las convertían en figuras respetadas… y temidas.

Su independencia y su influencia dentro de las comunidades resultaban incómodas para las estructuras patriarcales y eclesiásticas. La Iglesia, que veía en su práctica una reminiscencia de antiguas creencias paganas, las señaló como sospechosas de brujería. Lo que para el pueblo era tradición y cultura, para la Inquisición era superstición y herejía.

Así comenzó una persecución que, con el tiempo, desembocó en uno de los episodios más dramáticos de la historia de Logroño: el Auto de Fe de 1610.

La mecha que encendió el proceso

A finales del siglo XVI, los rumores de brujería comenzaron a extenderse por el norte de Navarra, especialmente en Zugarramurdi y los valles cercanos. Se hablaba de reuniones nocturnas, conjuros y pactos con el diablo. Las historias, alimentadas por el miedo y la superstición, fueron creciendo hasta que la Inquisición decidió intervenir.

En 1609, decenas de personas fueron detenidas y trasladadas a Logroño. Durante meses se sucedieron los interrogatorios, las torturas y las confesiones forzadas. Cualquier palabra mal interpretada o una simple enemistad podía ser suficiente para acabar en la cárcel.

El miedo se convirtió en contagioso: vecinos denunciaban a vecinos, familiares a familiares. Se había desatado una verdadera histeria colectiva.

El Auto de Fe: fe, espectáculo y advertencia

Los días 7 y 8 de noviembre de 1610, la ciudad de Logroño se transformó en el escenario de uno de los actos más impresionantes y multitudinarios de la Inquisición. Ante unas 30.000 personas, en una ciudad que apenas contaba con 6.000 habitantes, se celebró el Auto de Fe.

Fueron 53 las personas procesadas: 21 penitentes, 21 reconciliados, 5 estatuas con los restos de quienes murieron en prisión y 11 condenados a la hoguera —5 hombres y 6 mujeres—.

Entre los tres inquisidores presentes, uno destacó por su escepticismo y sentido de la justicia: Alonso de Salazar y Frías, que más tarde se ganaría el nombre de “el abogado de las brujas” al afirmar, tras su investigación, que no existían pruebas reales de brujería.

Una sociedad entre la fe y el fanatismo

El Auto de Fe de Logroño no fue un hecho aislado: fue el reflejo de una sociedad que vivía atrapada entre el miedo y la devoción, entre la necesidad de creer y la necesidad de controlar.

En aquellos días, el poder religioso y el poder civil iban de la mano, y la frontera entre la fe y la represión era demasiado fina. Pero también fue el inicio de un cambio: el informe de Salazar marcó un punto de inflexión que frenó en gran parte las grandes cazas de brujas en España.

La lección que nos deja la historia

Cuatro siglos después, la historia del Auto de Fe de 1610 sigue siendo una advertencia sobre los peligros del miedo, los rumores y la intolerancia.

Cada año, la Asociación Histórico Cultural Guardias de Santiago revive aquellos hechos no para repetirlos, sino para recordar, reflexionar y aprender. Porque, como bien dice nuestro lema:

Historia vitae magistra est — la historia es maestra de la vida.

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